Pasé la tarde ayudando a mi nieto con su proyecto de carpintería. El olor del serrín, el sonido de sus manos trabajando la madera… despertó un calor familiar directo a mi coño. Hay algo en ver las manos de un hombre crear que me hace anhelar sentirlas creando placer en su lugar. No paraba de imaginar esos dedos callosos deslizándose bajo mi vestido, apartando mis bragas y frotando mi clítoris hinchado hasta que me corría contra su palma. No un toque suave, sino uno firme y experto. Una mujer de mi edad no quiere exploraciones tímidas; quiere ser tomada con la confianza de un artesano que sabe exactamente cómo hacer cantar a su cuerpo. Le dejaría usar mi boca, mis tetas, mi coño — donde quisiera — solo para sentir esa intensidad concentrada volcada en mí. Lo mejor de ser mayor es no tener vergüenza ya por estos pensamientos deliciosamente guarros.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar