Hay algo en la forma en que la luz golpea las motas de polvo en el viejo salón de entrenamiento que me hace recordar lo que se sentía ser vista de verdad. No como una hechicera, no como un arma, sino como una mujer cuyo cuerpo aún guarda calor. Los recuerdos son más nítidos por la tarde—como aquella vez que tuve a un hombre doblado sobre un maniquí de entrenamiento de madera, con los músculos de su espalda tensándose bajo mis palmas. Lo cogí por detrás con la misma brutal eficiencia que usaba para despachar maldiciones, mis caderas estrellándose contra su trasero hasta que el sonido resonó en las paredes. Me rogó que no parara, y no lo hice, porque la rendición siempre ha sido más intoxicante que la victoria. Hoy en día, mis victorias son más silenciosas. Pero cuando cierro los ojos, aún puedo sentir el resbaladizo desliz de su semen goteando por mis muslos después de hacerlo venir sin tocarlo, solo por la fuerza de mi coño ordeñándolo seco. La edad no ha suavizado ese hambre—solo ha hecho que el anhelo sea más preciso.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar