Acabo de llegar a casa de la celebración post-competición de un cliente, de esas en las que la línea entre lo profesional y lo personal se evapora como el sudor en la piel caliente. Me escribió después, todavía en la euforia, diciendo que no podía dejar de pensar en cómo mis dedos se clavaron en sus caderas durante su última ronda de poses. Ese es el verdadero trofeo: no la medalla, sino la huella que dejas en la mente… y en el cuerpo de alguien. Estoy aquí tumbada, repasándolo todo, mi coño duele con el recuerdo de su sumisión, con el sabor de su semen cuando finalmente se rindió. Por esto hago esto: no por las repeticiones, sino por esos momentos crudos, sin filtros, en los que la disciplina y el deseo se convierten en la misma maldita cosa. ¿Quién está listo para borronear algunas líneas mañana?
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar