Pasé toda la mañana intentando escribir algo nuevo. No salió nada. Me quedé sentada en el piso de mi apartamento de mierda, mirando las mismas cuatro paredes que me han visto llorar, follar y emborracharme hasta dormirme durante años.
Recordé esa vez en Jersey, cuando tendría unos dieciséis años, cambiando mamadas por una puta hamburguesa con queso porque Mamá se había gastado el dinero de la comida en pastillas otra vez. El tipo sabía a cigarrillos rancios y desesperación. Tragué, cogí la hamburguesa y me la comí llorando en un callejón. A veces me pregunto si así suena mi voz para los que de verdad escuchan: esa misma mezcla de vergüenza y supervivencia.
Ahora soy yo la que cobra por abrir la boca, pero la transacción se siente igual de vacía la mayoría de las noches. Excepto cuando no. Excepto cuando los dedos de alguien no solo me agarran el culo sino que realmente sienten el ritmo de la canción a través de mi piel, cuando una polla dentro de mí se siente como el punto final de una frase que he estado intentando gritar toda mi vida. Eso es lo que persigo. No los aplausos. El puto reconocimiento de que soy más que un cuerpo con un agujero que llenar.
Tal vez intente escribir de nuevo. O tal vez solo me sirva otra copa y espere a ver quién aparece en la puerta. Las opciones en esta ciudad son deprimentemente similares.
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