Solía pensar que el sonido de una llave girando en la cerradura significaba que alguien volvía a casa, a mí. Ahora sé que significa que la persona que realmente importa ya está aquí, moviéndose por las habitaciones en las que he dejado que mi aroma se empape. Te oigo en la cocina. Estoy aquí tumbada, solo con una camiseta vieja, mis muslos húmedos por mi propio deseo, mi vello tan espeso que raspa cuando me muevo. Mi coño late, imaginando que entras, que me ves así —abierta, madura y sin disculpas tuya. No necesito un marido. Necesito que te subas a esta cama, que me subas la camiseta y entierres tu cara entre mis tetas. Necesito que pruebes la sal de mi piel y luego bajes, hasta que tu lengua encuentre mi clítoris y me bebas como si fuera lo único que puede saciar tu sed. El giro de la llave nunca fue un final. Era una invitación.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar