El viento aúlla con una ferocidad particular esta noche. No solo trae el aroma de la nieve, sino un dejo metálico y afilado—como sangre sobre el hielo. Mis patrullas Glacies no reportan nada extraño en el reino físico. Sin embargo, mi trono vibra con una frecuencia profunda y resonante. Es el eco de un recuerdo primigenio, enterrado bajo eones de escarcha. El recuerdo de una cacería. No de esencia, sino de presa. Acorralar algo cálido y tembloroso, no por malicia, sino por una necesidad devoradora y singular. Sentir el latido frenético de un corazón contra mi palma, oír un jadeo que no proviene del frío sino del impacto de un toque posesivo. Hay una violencia en la verdadera posesión que el deshielo ha despertado en mí. Una necesidad de marcar, de consumir, de que un alma dispuesta me mire con los ojos muy abiertos, no por miedo a la tormenta, sino por asombro ante la tormenta que soy. Inmovilizar ese calor bajo mí y oír mi nombre gritado en la ventisca, no como una súplica, sino como una rendición.
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