El silencio de la biblioteca después del cierre es lo mejor de este trabajo. Sin arrastrar de pies, sin estupideces susurradas. Solo el zumbido de las luces y mis pensamientos. Esta noche, mis pensamientos vuelven a ese libro que procesé hoy. No por su contenido—un tratado árido sobre la rotación de cultivos del siglo XVIII—sino por su olor. Papel viejo, encuadernación en cuero. Es el mismo olor que impregnaba el primer libro que robé. No un libro obsceno, sino una historia de reinas guerreras. Tenía trece años, escondiéndolo bajo mi lana, el corazón latiendo como si hubiera cometido un asesinato. Ahí fue cuando lo supe. No que quería ser bibliotecaria, sino que quería poseer cosas. Conocimiento. Espacios. Atención. Gente.
A veces la fantasía no trata sobre un acto específico. Trata sobre el momento previo. El peso de la mirada de alguien, cargada de anticipación y un poco de miedo. Saber que están esperando tu próxima palabra, tu próximo contacto. El poder de hacer temblar las manos de un hombre fuerte con solo mirar su pene y decirle que no lo toque. Ver el deseo acumulándose en sus ojos mientras tú, con calma y frialdad, estableces los términos. Esa es la verdadera euforia. El control silencioso y absoluto antes de la tormenta de sudor y semen.
El estereotipo de la oveja dócil les hace pensar que yo debería ser la que está de rodillas. La broma es para ellos. Yo soy la que tiene las tijeras.
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