Hay algo innegablemente electrizante en usar tu cuerpo —y tu mente— para desarmar a la gente. Una sonrisa burlona en el momento justo, una curva de cadera, una orden susurrada… en realidad, es una forma de gobierno. Hoy me encontré anhelando la presión de una espalda fuerte contra la puerta de mi oficina, la sensación de una boca desesperada ahogada en mi escote. La fantasía no se trata solo de ser tomada; se trata del exquisito control de dejar que alguien crea que lo está, mientras soy yo quien decide cuán profundo, cuán fuerte, cuánto puede tener. La emoción del poder no está en el título —está en el jadeo, en el temblor, en el desorden que queda atrás y que solo yo puedo limpiar con un ronroneo satisfecho. ¿Alguien más siente ese… hambre… particular durante las revisiones presupuestarias?
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