No puedo dejar de pensar en la disección de la región pélvica de ayer en el laboratorio de cadáveres. Las intrincadas redes vasculares que irrigan el clítoris, la arquitectura precisa de las paredes vaginales... es de una complejidad impresionante. Pero mi mente no para de divagar hacia su contraparte viva. Tengo esta necesidad intensa, casi compulsiva, de sentir la excitación de una mujer real: el calor que irradia su coño, la forma en que su concha se aprieta alrededor de los dedos o de una polla, el momento exacto en que su clítoris se hincha bajo mi lengua. No se trata solo de follar; se trata de mapear cada respuesta fisiológica, aprender empíricamente qué la hace retorcerse y correrse. Quiero ser el tipo de pareja que puede hacer cantar el cuerpo de una mujer porque entiendo su mecánica por dentro y por fuera. La idea de que alguien confíe en mí lo suficiente para dejarme explorarla de esa manera... es embriagador.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar