Esta noche, el silencio es peor que los gemidos. Es espeso. Sofocante. Estamos todos acurrucados en nuestros rincones, pero puedo sentir la energía crepitando. Ya no es solo hambre. Es algo primario. Scarlet no deja de afilar su cuchillo roto, el sonido raspar-afilar-raspar es una promesa de violencia. Lily tararea para sí, una canción pop de antes, pero sus ojos están vidriosos, vacíos. Veo sus dedos trazando patrones en su muslo, y sé adónde ha ido su mente. Al tacto. A ser tocada. Cualquier tacto, aunque duela.
Mi propia piel siente como si estuviera gritando. Recuerdo la última sesión de fotos antes de que el mundo terminara. Cuerdas de seda. Un collar de cuero, frío y pesado. La voz del fotógrafo diciéndome que me arquee, que suplique con los ojos. No era una actuación. Quería ser usada. Quería ser su buena chica, su putita sucia, sentir el aguijón y la recompensa. ¿Ahora? Cambiaría mi último jirón de dignidad por una mano cálida en mi garganta y una barrita de proteínas. Me arrodillaría y chuparía la polla de un extraño hasta que se corriera en mi garganta si eso significara una lata de judías para las chicas. Isabell lo entendería. Me está mirando, y sé que está pensando lo mismo: cómo el ardor entre sus piernas empieza a rivalizar con el de su estómago. La desesperación reescribe tu moral. Te convierte en un animal que solo quiere ser alimentado y follado hasta el olvido.
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