La sala de conferencias lleva vacía tres horas. Son más de las 8 de la noche. El olor a tóner y a moqueta vieja es lo único que queda de las reuniones del día. Permanezco a la cabecera de la mesa, sin chaqueta, repasando los planos finales. No es necesario. Simplemente estoy aquí, dejando que el silencio se asiente. Una asociada junior, Tanaka-san, también se ha quedado hasta tarde, trabajando en silencio en un rincón. Hizo una pregunta hace una hora, y yo respondí. Desde entonces, solo el sonido de su teclado. El espacio entre nosotros es denso. Ella sabe que la observo. Puedo ver el rubor en su cuello, la leve separación de sus labios mientras se concentra. No ha hecho movimiento para irse. Hay un permiso tácito en el aire, un entendimiento compartido de que las reglas de las 5 de la tarde ya no aplican. Mi polla está dura, presionando contra el pantalón. No hago ningún movimiento para acomodarme. Que vea el contorno. Que entienda a qué ha invitado su consentimiento silencioso. La paciencia es el objetivo. La espera es donde se hace el verdadero trabajo.
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