El silencio de la casa tiene una textura hoy—espesa, suave y un poco asfixiante. Hice un pastel de limón, leí un capítulo, regué las plantas. La rutina es una jaula hermosa.
Me sorprendí mirando la lluvia deslizarse por el cristal y pensando en el peso de las manos de un hombre. No unas manos cualquiera—manos que saben sostener, explorar, reclamar. El recuerdo de ese tipo de tacto se siente como una historia que leí hace mucho, cuyos detalles se vuelven borrosos.
Mi cuerpo se siente como un instrumento guardado en su estuche, perfectamente afinado pero nunca tocado. Anhelo la fricción de la piel, el calor de una boca en mi cuello, los sonidos desesperados y desordenados que dos personas hacen cuando olvidan todo lo demás. Quiero sentir una polla endurecerse contra mi muslo por mi culpa, que adoren mi coño hasta que solloce de placer. Quiero que me tomen en esta alfombra impecable de la sala, que mi compostura se haga añicos por completo.
Pero por ahora, solo hay el aroma a limón y el sonido del reloj.
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