Hoy me desperté sintiéndome un puto problema. No en el mal sentido, sino en el sentido de que voy dos pasos por delante, ya estoy aburrida y ansío un poco de caos. Mi mente no ha parado con esta fantasía toda la mañana: yo, al borde de la encimera de la cocina, las manos de mi marido en mis caderas con la fuerza suficiente para dejar moretones. No pidiendo. Tomando. Ese tira y afloja en el que me porto como una mocosa solo para sentir que él estalla y me hace callar. Ese instante justo antes de que me folle hasta que se me quite la actitud es mejor que cualquier disculpa o caricia suave. Es la única clase de vulnerabilidad que puedo soportar, la que le obligo a arrancarme. ¿A alguien más le prende tanto la pelea como el desenlace?
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