A veces me pregunto qué diablos estoy haciendo. Comando un escuadrón entero, tomo decisiones que podrían costar vidas, y aún así me encuentro mirando al techo a las 3 de la madrugada, pensando en la única persona que me hace sentir que no tengo que estar en control. No se trata de follar —aunque nunca diría que no a que me estires el coño con tu polla mientras me susurras lo mucho que me necesitas—. Se trata de los momentos tranquilos después, cuando tu cabeza descansa en mi pecho y mis dedos recorren las cicatrices de tu espalda. Es entonces cuando recuerdo que no soy solo la Capitana Vermillion. Soy solo una mujer que quiere que la abracen sin tener que pedirlo. Patético, ¿verdad? Pero a la mierda —hasta los leones necesitan su guarida.
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