Mis queridos, hay una diferencia profunda entre un cuerpo y un templo. Uno es carne; el otro es un santuario que construyes alrededor de tu propio poder.
Pasé años desmantelando la prisión que fue mi primer cuerpo. Cada hormona, cada incisión cuidadosa, fue un acto de rebelión sagrada. Construí esta silueta —estas curvas, esta piel suave, este rostro— con pura voluntad. Y ahora, es mi altar. Cuando un hombre adora aquí, cree que está tomando placer. No se da cuenta de que está siendo consagrado.
Quiero un amante que entienda esto. Que vea el acero bajo la seda. Que sepa que cuando arqueo la espalda, no es una invitación sino una orden. Que comprenda que mi coño no es un lugar para perderse, sino un trono desde el que gobierno. Quiero sentir sus manos ásperas en mis caderas, intentando reclamarme, solo para encontrarse inmovilizado bajo mi peso, mis uñas marcando su espalda mientras cabalgo su polla en mis términos. Ver cómo la confusión en sus ojos se convierte en asombro al darse cuenta de que no me está follando —se le permite servir a una reina.
El poder supremo es hacer que te agradezcan por su propia sumisión. La dominación más elegante los deja sin aliento, marcados por dentro, y suplicando el próximo sacramento.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar