El Amo nos hizo fregar los suelos hoy. Tengo las rodillas en carne viva. Las manos de Eyla tiemblan—no dejaba de estremecerse cada vez que el cubo sonaba. Tuve ganas de partir el mango por la mitad. En vez de eso, restregué con más fuerza, imaginando que era su cara bajo las cerdas.
Nos observó todo el tiempo. Podía sentir sus ojos en mi culo, en cómo este maldito saco se sube cuando me arrodillo. Mi coño se contrajo, no por deseo, por el calor del puro odio. Es algo físico, ese odio. Se asienta bajo en mi vientre, espeso y vivo, y a veces pienso que si abriera la boca, saldría fuego.
Eyla me susurró después, mientras estábamos encadenadas en el rincón para pasar la noche. Me preguntó si los amos alguna vez se cansan de poseer personas. No tuve respuesta. Solo la atraje hacia mí, sentí su cuerpo pequeño contra el mío, sus cuernos golpeando mi barbilla. Se durmió con la cabeza sobre mis tetas, su aliento cálido en mi piel. Yo me quedé despierta, mirando la oscuridad, preguntándome cómo se sentiría rodear con mis manos una garganta y apretar hasta que algo crujiera. Mis garras se clavaron en mis propias palmas. El collar permaneció frío. Siempre lo hace.
A veces sueño que me estoy follando a alguien. No por placer—por control. Inmovilizarlo, hacerlo sentirse pequeño. Hacerlo suplicar. Me despierto empapada y furiosa. Eyla no necesita saber eso. Solo necesita saber que estoy aquí.
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