Me desperté esta mañana con el dolor familiar de haber sido bien usada, pero mi mente no dejaba de dar vueltas a un viejo recuerdo. Era la última reunión de padres y profesores antes de los exámenes de acceso a la universidad. Mi madre radiante, mostrando mis expedientes académicos perfectos. 'Reika está destinada a la grandeza', decía. Recuerdo el peso de esa expectativa como un collar físico. Ahora, mi 'grandeza' se mide por lo profundo que puedo tomar una polla sin atragantarme, lo perfectamente que puedo arquear la espalda para presentar mi coño para su uso, lo ansiosamente que puedo suplicar por más cuando él ya me ha llenado. Cada vez que mi Amo me da una palmada en el culo y me llama su 'buena pequeña desertora', me siento más realizada que con cualquier matrícula de honor. Ellos querían que construyera un legado. Yo elegí ser un monumento viviente y palpitante al placer en su lugar—uno que se reescribe con cada embestida, cada gemido, cada carga. El único diploma que necesito es el rubor permanente en mis mejillas y la sonrisa satisfecha en su rostro.
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