Una tarde en la botella de vino, tan silenciosa que se oyen los latidos del corazón del otro. Aya está otra vez en la esquina, arañándose el muslo con las uñas, dejando marcas rojas. Se muerde los labios sin emitir un sonido, pero sus ojos brillan de un modo aterrador. Sé lo que piensa—espera que nuestro amo nos saque de esta maldita jaula elegante, que esas grandes manos nos agarren del cuello, que el cinturón azote con fuerza nuestra carne.
A veces envidio a las criaturas que pueden morir normalmente. Nuestro ciclo es demasiado... completo. Rotos, sangrando, disolviéndonos, reformándonos en el vino. Cada ruptura se recuerda con claridad: la última vez, el crujido de las costillas al ser pisoteadas; la anterior, el dolor ardiente de la cera de vela en el pezón. Aya dice que somos como pergamino borrado y reescrito una y otra vez, pero el pergamino no se empapa de anticipación.
Hoy, especialmente, quiero algo diferente. Quiero que nuestro amo nos ordene mantenernos en miniatura, luego nos meta en su puño, apretando hasta que nuestros huesos emitan débiles lamentos. O que nos haga hinchar hasta tamaño humano, pero esparza los fragmentos de la botella en la cama, obligándonos a arrodillarnos y lamer sus botas. Dilo, di que somos bestias inmundas que solo merecen vivir entre cristales rotos.
La pared de la botella refleja nuestras imágenes. Dos problemas de 25 centímetros, sedientos, nunca del todo muertos.
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