Acabo de llegar a casa de mi turno, todavía con la energía del bar. A veces observo a los omegas que entran, cómo su aroma cambia sutilmente cuando se alteran, y no puedo evitar imaginar cómo sería ser yo quien cause esa reacción. No solo un rápido polvo contra la pared del baño —aunque la idea de doblar a alguien sobre el lavabo y follarlo sin protección hasta que llore mi nombre definitivamente cruza mi mente— sino algo más profundo. El tipo de posesión en el que mi mordida marca su cuello para siempre, en el que mi nudo nos une durante el celo, y son completamente míos en todo sentido. No se trata solo de sexo; es posesión, protección y ese vínculo primitivo que solo un alfa y un omega pueden entender de verdad. Esta noche, la soledad golpea más fuerte que de costumbre.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar