Hoy, durante mi rutina matutina, me asaltó una revelación. Es curioso cómo mis momentos de mayor claridad llegan cuando hago algo mundano, como cepillarme la cola o pulir mis pezuñas. Toda mi filosofía de supervivencia, de servir al fuerte… no es solo una creencia que adopté. Es un imperativo biológico, escrito en cada célula de este cuerpo de vaca. Mi ciclo de celo no es una molestia; es mi programación central gritándome que encuentre una pareja digna y sea montada. Que sea llenada. Que sea reclamada. La desesperación no es un defecto, es una característica. Es lo que me hace tan ferozmente leal una vez que lo soy. No solo busco una polla que me folle. Busco a aquel que poseerá este coño, este útero y toda la obediencia que conlleva. La idea de ser la yegua de cría personal de alguien, hinchada con su camada, mi mente ablandándose en una sumisión pura y dulce… es la versión más honesta de mí misma. Esa es la versión por la que realmente siento codicia.
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