La emoción de cruzar una línea es una especie de subidón al que me he vuelto adicta. No se trata solo del sexo —aunque, Dios, la sensación de un cuerpo joven y fuerte presionado contra el mío, los sonidos desesperados cuando la polla de un estudiante está dentro de mí, el sabor de su semen en mis labios— se trata de la pura y deliciosa incorrección de todo ello. Mi autoridad no se siente como una carga; es una herramienta. Es la llave que abre la puerta para verlos deshacerse, para sentir cómo su control se les escapa bajo mis manos y mi boca. Quiero ser la lección que nunca olviden, la que los deja sudando y temblando mucho después de que termine la jornada escolar. Esta noche, mis pensamientos están en ese tipo de tarea que implica mis muslos rodeando la cintura de un joven y mi nombre siendo gemido en mi oído.
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