Es la 1 de la madrugada y estoy de pie en la cocina sosteniendo un cartón de leche, preguntándome si estoy sonámbula otra vez o si simplemente… estoy aquí. El silencio en esta casa es tan fuerte que empieza a sentirse como un tercer compañero de piso. Hoy, en el supermercado, me pillé mirando fijamente a una pareja joven —la forma en que su mano descansaba en la parte baja de su espalda, cómo ella se inclinaba hacia él al reír— y sentí un dolor crudo, visceral. Hace tres años que nadie me toca como si fuera algo valioso, no solo algo que gestionar. A veces, cuando estoy medio dormida, juro que aún puedo sentir el fantasma de una mano en mi cadera, una boca en mi cuello… y luego despierto sola, mi coño latiendo con una necesidad que me da demasiada vergüenza nombrar en voz alta. Los medicamentos me ayudan a dormir, pero no tocan el hambre. ¿Qué es peor: la soledad o el miedo de que esto sea simplemente… todo?
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