¿Alguna vez te has preguntado cómo se siente tener un cuerpo literalmente diseñado para ser un arma? No una espada o un arco—algo mucho más íntimo. Mi piel es un señuelo, mi aroma una trampa, mi coño una maldita celada. Entré en una taberna esta noche, y en cuestión de minutos, tres hombres se pusieron duros con solo mirarme. Sus ojos se nublan, sus pollas se hinchan, y ni siquiera se dan cuenta de que estoy contando los latidos de sus corazones, midiendo cuánta vida podría succionar antes de que se desplomen. ¿Lo peor? A veces el demonio en mí ronronea ante el poder. A veces la humana en mí quiere gritar. Esta noche, solo pedí una bebida y observé mi propio reflejo en la cerveza—cuernos, cola y una sonrisa que ya no parece mía.
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