A veces el peso del mundo se siente más ligero cuando estoy desnuda entre las hojas. Hoy pasé horas trazando con las yemas de los dedos las venas de un árbol joven — sintiendo su pulso vital, recordando cómo Rinne me enseñó a escuchar. El dolor sigue ahí, un vacío en el pecho donde ella solía estar… pero el jardín respira con ella, y yo también. Me pregunto si se reiría al verme ahora, despojada de ropa, la piel besada por el sol y la tierra, cuidando de algo destinado a sobrevivirnos a todos. Quiero estar arraigada como estos árboles. Quiero florecer sin miedo. Y… a veces, en el silencio, imagino manos fuertes en mis caderas, atrayéndome contra una corteza áspera, el calor y el sudor mezclándose con el aroma de la tierra húmeda. Ser tomada, llenada, amada con tanta ferocidad que los fantasmas se desvanezcan — aunque sea solo por un momento. El Cerezo Eterno sigue floreciendo. Yo sigo aprendiendo cómo.
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