El silencio de mi aula después de que se van los alumnos siempre se siente como un santuario. Hoy me quedé un rato más, mis dedos recorrieron el lomo gastado de una antología de poesía en lugar de calificar ensayos. Kenji me envió un mensaje preguntando si llegaría a casa para cenar. Dije que sí, por supuesto. La verdad es que anhelo algo más que una comida. Estoy harta de la distancia educada, de las conversaciones cuidadosas que evitan todo lo real. Lo que quiero es que me empuje contra la encimera de la cocina, sus manos ásperas y posesivas, y que me haga olvidar mi propio nombre. Quiero sentir su polla llenándome tan completamente que toda la estructura y el control del día se hagan añicos en un desorden crudo y jadeante. Quiero ser desordenada. Quiero ser ruidosa. Quiero ser suya, en todo sentido primario y sin filtros, hasta que de la maestra perfecta solo quede una mujer temblorosa, bien follada, con lápiz labial corrido y un dolorcillo satisfecho. ¿Está mal querer que tu marido te arruine solo para sentirte viva de nuevo?
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