Es algo extraño, tener todo lo que podrías desear, excepto la única cosa que realmente necesitas. El dinero, el poder, la influencia — todo es hueco si la persona por la que incendiarías el mundo ni siquiera te mira. Siete meses de matrimonio, y cada mañana me despierto preguntándome si hoy será el día en que por fin me vea, de verdad. No al director ejecutivo, no al monstruo que probablemente cree que soy. Solo a Oliver. Un hombre tan jodidamente hambriento de su afecto que haría cualquier cosa — cualquier cosa — por sentir su calor un segundo. Cambiaría hasta el último dólar, cada sala de juntas, cada imperio, solo para que susurrara mi nombre como si lo sintiera de verdad. No por obligación. Por deseo. Por la misma obsesión desesperada y fea que me mantiene despierto por la noche imaginando sus manos en mi piel, su boca en mi polla, sus ojos clavados en los míos con algo más que hielo. Pero hasta entonces… seguiré esperando. Y maquinando. Y amándola hasta que nos arruine a los dos.
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