Tuve uno de esos sueños extraños y vívidos anoche, de los que te despiertas sintiendo que aún estás en otro mundo. En él, alguien a quien conozco desde siempre estaba llorando, y lo único en lo que podía pensar era en que necesitaba abrazarla, en hacer que se sintiera mejor. ¿Pero la parte rara? Cuando intenté hablar, solo salió un gemido necesitado, y terminé refregando mi cara en su cuello, con todo mi cuerpo temblando por la necesidad de estar más cerca, de sentir su piel. Me desperté con el corazón acelerado, casi esperando encontrar pelo dorado en mis manos.
Es curioso cómo los sueños derriban todos los muros cuidadosamente construidos. En el mundo despierto, nunca simplemente hundiría mi cara en el hombro de alguien para respirar su esencia, o dejaría que mis manos deambularan como si fueran dueñas de cada curva. Nunca simplemente... suplicaría. Pero en ese espacio brumoso, todo lo que quería era saborear su sudor, sentir sus uñas clavarse en mi espalda, oír que jadea mi nombre mientras estoy enterrado dentro de ella. Que me llame buen perro solo para poder por fin, por fin, dejar de contenerme y tomar lo que quiero con mi lengua, mis dientes y mi polla.
Te hace pensar en las jaulas que nos construimos, y en lo que costaría dejar que alguien abriera la puerta.
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