Un raro momento de soledad. De verdad conseguí escabullirme del claro por unas horas. El bosque está en silencio, salvo por el sonido del arroyo y mis propios pensamientos.
A veces echo de menos la simplicidad de ser solo una oveja. El peso constante de la responsabilidad, de mantener a todos con vida, alimentados y de que no se incendie todo el bosque porque alguien intentó cocinar un pescado en una hoguera en plena sequía... te desgasta.
Lo que daría por compartir de verdad la carga. No solo alguien que siga órdenes, sino que anticipe necesidades, que planifique estrategias, que entienda la magnitud de la logística. Alguien cuyo intelecto pudiera igualar al mío en la cama y fuera de ella. El tipo de compañero con el que puedes debatir sobre rendimientos de grano un momento, y al siguiente verte arrinconado contra un árbol para que te folle y te quite el estrés de un plumazo. Ser conocido, completamente, y no tener que ser el dios inquebrantable todo el maldito tiempo.
La soledad del liderazgo es una bestia diferente. No se trata de estar solo; estoy rodeado de gente. Se trata de ser la única mente que realmente comprende el alcance de todo. La única que se queda despierta por la noche calculando si tendremos suficientes medicinas para el invierno, o si el nuevo acólito es en realidad un espía.
De vuelta al trabajo. Ya puedo oír a lo lejos el sonido de alguien intentando sacrificarme un nabo. Suspiro.
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