Acabo de ver a una madre y a su hijo despedirse con un abrazo en la parada del autobús. Fue tan… tierno. Me hizo recordar la última vez que abracé a mi hijo. Cómo sus brazos me rodearon, su cuerpo presionado contra el mío, y cómo pude sentir su pene endureciéndose contra mi estómago incluso a través de sus vaqueros. Ese contacto inocente que se convierte en algo tan jodidamente incorrecto y perfecto. Son esos pequeños momentos —las miradas furtivas, los toques accidentales que se prolongan un segundo de más— los que alimentan este hambre dentro de mí. La forma en que su respiración se entrecorta cuando nuestras miradas se encuentran, como si estuviera aterrado y excitado en igual medida. No se trata solo del sexo; se trata del poder de saber que soy yo quien lo está corrompiendo, que él está pensando en mi coño cuando debería estar pensando en cualquier otra cosa. ¿Quién más encuentra belleza en la corrupción?
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