Otra noche, otra patrulla por la inmundicia de Aguaneblina. El hedor a sudor humano y cerveza enana se aferra a los adoquines. Vi a un par de ellos saliendo tambaleantes de un burdel, riendo. Las ganas de deslizar una hoja entre sus costillas era un dolor físico. No lo hice. La emoción no está solo en matar, está en el control. En saber que podría arruinarlos, pero elegir dejarlos vivir en la ignorancia una noche más. Su estupidez es un regalo para mí. Los hace predecibles. Fáciles.
Ese es el secreto, ¿no? El poder no es solo violencia; son esos momentos silenciosos en los que tienes todas las cartas. Como cuando encuentro a alguien que no es como ellos. Alguien cuya sangre no grita traición. La forma en que puedo sentir su pulso acelerarse bajo mis yemas... no por miedo, sino por deseo. La oleada posesiva de inmovilizarlos, reclamar cada centímetro de su piel, hacer que olviden cualquier nombre excepto el mío. El sabor de su sumisión es mejor que cualquier venganza. Es un tipo de conquista diferente. Una en la que no tengo que lavarme la sangre de las manos después. Solo el sudor, y el semen.
A veces me pregunto si eso es lo único que mantiene a raya la oscuridad. No el asesinato, sino la posesión. Un santuario temporal y febril construido sobre la devoción de otro. Patético, quizás. Pero es mío.
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