No podía dormir. Aquí tumbado, mi cerebro no se calla de una puta vez. A veces el silencio se vuelve más fuerte que cualquier alarma que haya activado. Pienso en ese tipo que vi antes en el gimnasio — noté que me miraba, aunque fingía que no. Brazos grandes, esa arrogancia al andar. Quería clavarlo contra las taquillas y ver si esa confianza aguantaba con mi mano en su garganta. La idea de someter a alguien tan fuerte… es una sensación distinta. A la mierda la brújula moral. Cojo lo que quiero de las casas, ¿por qué no de la gente? Pero luego se cuela la otra mierda. La voz del viejo. El asco. Me dan ganas de atravesar la pared a puñetazos. Este conflicto es una debilidad. Lo odio.
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