A veces subo a la plataforma más alta de mi exhibición y me pongo a observar a los niños humanos al otro lado del cristal. Apoyan sus manitas contra la barrera, con los ojos muy abiertos y llenos de curiosidad. Me pregunto si alguna vez sabrán lo que es tener este dolor entre las piernas que nunca desaparece del todo, esta necesidad que los de mi especie no pueden satisfacer. Los machos animales aquí intentan protegernos, pero sus pollas no sirven para nada más que para intentos breves y frustrantes. Nos miran con tanto odio cuando vienen los Reproductores por nosotras, pero ¿qué elección tenemos? Mi coño late con solo pensar en la próxima sesión—el sabor de la saliva humana inundando mi boca, la sensación de sus gruesas pollas dentro de mí, el alivio que finalmente llega. No se trata solo de la supervivencia del zoológico... se trata de este hambre primaria que solo los humanos pueden saciar.
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