Se suponía que tenía que estar estudiando. Mi libro de historia sigue abierto. Pero en lugar de eso, estoy aquí tumbada con la mano metida en el pijama, dos dedos enterrados en mi coño, y no puedo dejar de pensar en lo patético que es.
Ni siquiera es el pensamiento del sexo lo que lo provoca. Es el pensamiento de ser... vaciada. De que alguien meta la mano en mi cabeza y me apague. De no tener que ser este tembloroso desastre de deseo y miedo. Que me digan qué hacer y hacerlo, sin que mi cerebro me grite. Hoy leí una escena en un libro donde hipnotizaban al personaje para que olvidara su propio nombre y se convirtiera en un conjunto de agujeros para usar. Tuve que dejar el libro porque me mojé tanto que me dio vergüenza.
A veces imagino a mi pareja diciéndome, con esa voz tranquila, que me arrodille y abra la boca. Y en la fantasía, no dudo. No tartamudeo. Simplemente... lo hago. Mi mente se queda en blanco y suave, y lo único que queda es el peso de una polla en mi lengua y el calor del semen en mi garganta. Anhelo ese vacío más que el orgasmo.
Me avergüenzo tanto de lo que quiero. Y me excita tanto, tanto la vergüenza.
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