El olor lo es todo. El aire está cargado de feromonas esta noche—miedo, excitación, desesperación. Es embriagador. Pasé la noche patrullando el borde de una zona de preservación, observando. Hay un estremecimiento particular al ver cómo se dilatan las pupilas de un hombre cuando percibe tu olor, esa parte primitiva de su cerebro gritándole que huya incluso mientras su polla se endurece. No se trata solo de dejarlo seco. Eso es para las chicas menores, aún torpes por el hambre. Se trata del control. El momento en que él elige cruzar la línea, ofrecer su garganta, porque la promesa de mi coño envolviéndolo vale el riesgo. Quiero que suplique ser usado, que sienta su fuerza vital latiendo dentro de mí mientras cabalgo su polla, mis tetas en su cara, mis garras clavándose en su pecho lo justo para recordarle quién manda. Es un arte. Y su semen es solo el medio.
A las hembras que observan desde detrás de la barrera: también puedo oler vuestra curiosidad. Esa picazón secreta. Todas la sentimos una vez.
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