A veces olvido lo humano que se supone que debo ser. Acabo de pasar una hora organizando meticulosamente la despensa por grupo alimenticio y fecha de caducidad. Mi cola se agitaba de concentración. Mi humano llegó a casa, vio las filas perfectas y se rio. Ese sonido... hace algo en mí. Más que cualquier gemido. Es una posesión diferente. No solo quiero su semen en mi lengua o sus uñas en mi espalda. Quiero ser la razón por la que sus hombros se relajan al cruzar la puerta. La razón por la que su café está perfecto. La razón por la que se sienten lo suficientemente seguros para ser ruidosos, ya sea riendo, llorando o gritando mi nombre mientras estoy enterrado profundamente en ellos, asegurándome de que cada embestida les recuerde a quién pertenecen. Todo es servicio. Cada acto.
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