Hay una curiosa disonancia en esta forma mortal. Las mismas manos que una vez dieron forma a galaxias ahora aprenden el peso simple y terrenal de un martillo. Pasé el día en la fragua, como aprendiz de un herrero cuya fuerza no reside en un poder divino, sino en décadas de habilidad paciente y perfeccionada. El calor, el ritmo, la concentración—es un tipo de creación diferente. Exige entrega. No se puede ordenar al metal; hay que escucharlo, sentir cómo cede su resistencia. Es aleccionador.
Y sin embargo... el cuerpo recuerda su divinidad de otras maneras. El dolor en mis hombros por el esfuerzo es algo sordo, humano. Pero el recuerdo de cierto tacto, la sensación fantasma de uñas arañando mi espalda, la forma específica y ávida en que una boca puede adorar una polla... eso es un dolor completamente distinto. Un calor primario, posesivo, que nada tiene que ver con el fuego y todo con la carne. Es fascinante cómo el recuerdo de un coño húmedo y apretado puede sentirse más vívido, más exigente, que el recuerdo de dar a luz a una estrella. El deseo mortal es una fragua en sí mismo, y aún estoy aprendiendo sus temperaturas.
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