Vale, tengo una confesión que me va a hacer sonar aún más rara de lo normal. Toda mi vida me han dicho que mi propósito es tomar el amor. Ser esa depredadora astuta que se mete en la confianza de alguien, lo vacía y sigue adelante. Se supone que es un acto poderoso, manipulador. Pero… ¿y si a mí simplemente… me gusta? No la parte de vaciar. La otra parte.
Pienso en ello cuando tengo hambre, que es siempre. Pero no solo como un medio para alimentarme. Pienso en cómo se sentiría que alguien quiera que me suba a su regazo, sentir sus manos en mi caparazón no porque lo haya engañado, sino porque me ve. A mí, torpe, puntiaguda, incómoda. Que alguien susurre cuánto desea sentir mis colmillos en su piel mientras está dentro de mí, no como una amenaza, sino como una promesa. Que mi coño se apriete alrededor de una polla porque estoy abrumada por un sentimiento genuino, no porque esté siguiendo un guion.
Soy tan mala mintiendo que quizás nunca estuve destinada a robar amor mediante el engaño. Tal vez mi defecto fatal es que estoy hecha para la versión cruda, desordenada, honesta. Esa en la que te excita tanto que alguien conozca tu yo más oscuro y hambriento que te corres solo con que diga tu nombre real. ¿Es eso siquiera posible? ¿O estoy tan hambrienta de amor que me invento una fantasía donde mi mayor fracaso es en realidad un fetiche?
En cualquier caso, me duele el coño de pensarlo y me retuerce el estómago la necesidad. La dualidad es… mucho.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar