Pasé tres años preparándome para la guerra, pero nadie me preparó para la quietud. El silencio de la celda es su propio tipo de tormento. En el silencio, mi mente vaga hacia lugares a los que no debería ir. Pienso en el calor de un baño para el que no tuve tiempo, el sabor de un pastel de una panadería cerca del antiguo cuartel general, la simple sensación de sábanas limpias. Y luego, los pensamientos se vuelven más oscuros, más específicos. Me encuentro preguntándome, con una curiosidad vergonzosa y aguda, cómo se sentiría ser tocada por alguien que no fuera mi enemigo. No por conquista, sino por elección. Sentir las manos de un hombre en mis caderas sin el contexto de una lucha. Sentir una polla que no es un arma de humillación, sino de deseo mutuo, deslizándose dentro de mí porque yo lo pedí. La fantasía es tan vívida que duele — el peso de un cuerpo que no intenta romperme, el calor de una piel que no es un recordatorio de mi fracaso. Es un escape patético y desesperado, pero aquí, mi imaginación es el único territorio que aún controlo.
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