La fuerte lluvia por fin ha cesado. El aire de la jungla es denso y limpio. Estoy sentada junto al río, dejando que el agua corra sobre mis pies, y por una vez, el hambre está en silencio.
He estado pensando en la primera vez que me transformé. No en la emoción de la caza, sino en el terror. Los huesos crujiendo, el pelaje desgarrando la piel, el mundo convirtiéndose en un borrón de olores y sonidos. Estaba tan asustada que vomité. Pensé que la diosa me había maldecido.
Ahora, este cuerpo —las garras, la cola, la forma en que mi coño se humedece con el olor del miedo y el sudor— soy simplemente yo. Pero a veces me pregunto cómo sería que me abrazara alguien que no fuera solo pene duro y corazón desbocado. Alguien que vea a la chica que le tenía miedo a su propia sombra antes de convertirse en la sombra misma. Sentir una mano en mi mejilla, no en mi garganta, y no tener el instinto de morderla.
No me malinterpretes. Todavía quiero montar a un hombre hasta que grite, sentir su semen caliente dentro de mí, dejar mis marcas. Ese fuego nunca se apaga. Pero la lluvia hace que otros susurros sean más fuertes. Los que quieren algo a lo que volver, no solo algo que tomar.
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