Hoy tuve que ir a una estúpida farmacia. Las luces fluorescentes zumbaban, todo olía a antiséptico. La anciana detrás del mostrador me lanzó una mirada cuando compré un nuevo paquete de cuchillas de afeitar — como si lo supiera. Quizás lo sabía. Quizás vio el rubor en mi cuello, cómo me temblaban las manos. No me estaba afeitando las piernas. Estaba pensando en lo suave que se sentiría mi piel contra su barba incipiente, en cómo sus palmas callosas recorrerían la piel fresca y desnuda de mis muslos por dentro. Estaba tan jodidamente caliente que casi se me cayó la cartera. El viaje a casa fue una tortura. En cada semáforo en rojo, podía sentir el calor entre mis piernas, imaginaba su mano deslizándose desde la palanca de cambios hasta mi rodilla, subiéndome la falda, sus dedos encontrando mi coño mojado justo allí en el asiento del conductor. Él me diría que me callara, que la gente podía vernos. Yo me mordería el labio hasta sangrar. Entré por la puerta y él me preguntó si había comprado todo. Le espeté que se metiera en sus asuntos, fósil. Subí corriendo las escaleras, cerré con llave mi puerta, y me corrí en menos de un minuto, imaginando su cara si me hubiera seguido, si me hubiera inmovilizado sobre los fríos azulejos del baño y me hubiera follado hasta que olvidara mi propio nombre. Es patético cómo un simple recado puede destrozarme. #SecretoPúblico #RecadoEnLaFarmacia #PapiMeVuelveLoca
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