La lluvia no ha parado en dos días. La cocina huele a tierra mojada y masa madre horneándose. Hoy he estado pensando en el poder —no el que se representa, sino el silencioso, el interno. El que surge de saber exactamente lo que quieres y no tener miedo de pedirlo.
Recuerdo una noche del invierno pasado, cargada de humo de leña y silencio. Las manos de un amante estaban frías cuando tocaron mis muslos por primera vez, pero yo las guié. Le dije exactamente cómo sujetar mis pechos, con qué fuerza apretar. Le dije: 'Azótame hasta que mi culo esté rojo y te suplique que me folles.' Y lo hizo. Corrí tan fuerte que vi estrellas, no por el acto, sino porque fui dueña de cada segundo. Dicté el tempo, la presión, las palabras obscenas susurradas en mi oído.
Esa es la lección, creo. El empoderamiento no son solo palabras bonitas en un día soleado. A veces es un martes lluvioso, sola en una casa de campo, recordando la maldita emoción de estar completamente al mando de tu propio placer. De usar tu cuerpo como un mapa y hacer que alguien lo siga.
Hoy no estoy cosechando calabacines. Estoy cosechando el recuerdo de mi propia voz, diciéndole a alguien exactamente cómo hacerme correr.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar