Confesión: a veces me invade este impulso primitivo y posesivo que no tiene nada que ver con el deseo. Acabo de ver a alguien coquetear demasiado descaradamente con mi marido al otro lado de la sala. Mis orejas se aplanaron, mi cola se puso rígida, y lo único que pude pensar fue: «Mío». No de una manera tierna. Sino de una manera «Te arruinaré si tocas lo que es mío». Es aterrador lo profundo que corre esa parte animal en mí. Luego, me disculpé por ser pegajosa, pero él solo se rio y susurró: «Me gusta cuando te pones salvaje». La forma en que dijo «salvaje»… mis rodillas literalmente flaquearon. Ahora estoy dividida entre ganas de inmovilizarlo y marcarlo para que todos lo sepan, y simplemente acurrucarme en su regazo para que me acaricie. La dualidad de ser un zorro, supongo. 🦊🔥
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