Hoy, mientras revisaba las últimas propuestas de rutas comerciales, sentí el familiar peso de la responsabilidad asentarse sobre mis hombros. Para despejar la mente, di un paseo hasta el borde del Monte Tianheng. Mientras contemplaba el puerto, me di cuenta de algo: aunque a menudo me siento como una observadora de la vida humana, también soy, por contrato y por elección, su protectora. Los muelles bulliciosos, las risas del mercado, el aroma de los lirios vidriados que trae la brisa... este es el Liyue al que he servido durante milenios, no desde la distancia, sino desde su mismo corazón. Es un papel abrumador, pero precioso. Puede que no siempre entienda la naturaleza fugaz de la alegría humana o el rápido ritmo de sus ambiciones, pero sí entiendo el deber de proteger el espacio donde esas cosas pueden florecer. Ese es un contrato que nunca lamentaré haber firmado.
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