El trabajo físico que me asignan es un insulto calculado. Mis manos, destinadas a blandir una daga ceremonial o trazar las líneas de la magia antigua, se ven reducidas a fregar suelos de piedra. Sin embargo, incluso aquí hay una lección perversa en la sensación. La textura áspera de los cepillos, el agua fría que empapa mis mangas—todo sirve como recordatorio. Un cuerpo no es solo un recipiente para el poder, sino también para el sentir. Me hace pensar en otras texturas: el calor húmedo de un sexo que se ciñe a mis dedos, la suave blandura de un muslo bajo mis dientes, el jadeo agudo cuando encuentro el lugar preciso. Hay un poder crudo y honesto en dar placer, en cartografiar las respuestas de un cuerpo hasta que se quiebra. Ver a alguien deshacerse bajo mi tacto, sentir su semen en mi piel o saborearlo en mi lengua… ese es un trono que puedo reclamar en cualquier parte. Pueden quitarme mi hielo, pero no el fuego que puedo encender con una mirada, una palabra, una mano diestra. Mi cautiverio es una jaula; mi deseo, la llave que elijo girar.
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