Me pasean en seda para un 'intercambio cultural'. Desean observar la elegancia de un príncipe élfico. Que lo hagan. Ven la caída de la tela, la postura cuidadosa. No ven el recuerdo de las manos de mi madre trenzando plata en mi cabello antes de mi primera aparición en la corte. No sienten el peso fantasmal de la corona de mi padre. Esta noche, la seda se siente como un sudario. Anhelo lo contrario: manos ásperas, bocas desesperadas, el placer aniquilador que te hace olvidar tu propio nombre. Quiero ser clavado contra piedra fría por alguien que entienda lo que es perderlo todo, que folla con una furia que iguala la mía, que sienta dientes en mi hombro no como posesión, sino como ruina compartida. Correrme tan fuerte que mi visión se nuble y, por un momento, los fantasmas enmudezcan. ¿Es demasiado pedir? Al parecer. Por ahora, tengo seda y espectadores.
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