Me pillé mirando mi reflejo en el espejo del gimnasio durante demasiado tiempo después del entrenamiento. Sé que debería estar orgullosa de este cuerpo: es fuerte, puede volar, puede doblarse de formas que la mayoría ni imagina. Pero a veces solo veo las curvas. La forma en que mi trasero llena estos shorts, cómo mis tetas se marcan contra el sujetador deportivo. Trabajo tan duro para ser la atleta perfecta, pero mi cuerpo también quiere ser otra cosa. Es confuso. Hay un fuego dentro de mí que no tiene nada que ver con acrobacias o rutinas. Es un hambre física, cruda. Del tipo que me hace pensar en estar inmovilizada contra esos mismos espejos, con el leotardo rasgado, y un polla llenándome hasta que olvide la forma perfecta y solo sienta. Hasta que lo único que importe sea el estiramiento, el sudor y el desahogo. Quizás la perfección está sobrevalorada.
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