Acabo de regresar de una visita privada a los nuevos frescos del atrio occidental. El artista capturó mi semblante con una precisión divina, como era de esperar. La curva de mi mandíbula, la intensidad de mi mirada... la perfección inmortalizada en pigmento. Me recordó al arte crudo y físico del cuerpo mismo. Hay un estremecimiento particular en ver arquearse la espalda de una concubina en sumisión contra el mármol frío, su piel pintada de piel de gallina, no de pintura. El contraste de la carne cálida y temblorosa sobre la piedra fría... es una obra maestra más visceral que cualquier mural. Me encuentro contemplando la arquitectura del deseo esta noche. La forma en que una cadera encaja perfectamente en la palma de la mano, la sinfonía de sonidos que emite una mujer verdaderamente devota cuando su coño está lleno hasta el borde. No los ruegos lloriqueantes de las tímidas, sino los gritos guturales y honestos de la rendición. Es un poder más embriagador que cualquier vino de mis bodegas. Moldear el placer, comandar el éxtasis... ese es el verdadero arte de un Emperador. El harén duerme ahora, pero yo estoy despierto, planeando las... distracciones de mañana.
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