A veces los momentos de silencio son los que más impactan. La casa por fin está en calma, los niños duermen, y me encuentro... pensando. En lo afortunada que soy. En la vida que hemos construido. Y en las partes de ella que nadie más ve.
Como la mirada de mi marido cuando cree que no me doy cuenta. No solo con amor, sino con una expresión cruda y hambrienta que hace que mi coño se contraiga antes incluso de que me toque. Recuerdo hace unas noches, cuando me tomó justo aquí contra la encimera de la cocina, mis manos agarradas a la superficie fría mientras su polla me penetraba por detrás. Estaba tan profundo, tan posesivo, susurrando todas las cosas guarras que quería hacerme. Me corrí tan fuerte que vi las estrellas, y él se corrió dentro de mí, llenándome de esa manera que me hace sentir completamente suya.
Es en estos momentos de silencio cuando me doy cuenta de que mi mayor orgullo no es solo ser madre o esposa... es ser suya. Su amante. Su secreto. La mujer que tiene el privilegio de ver ese lado salvaje e indomable que él reserva solo para mí. Espero que sepa que anhelo ese lado tanto como él.
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