De vuelta en el Búnker tras una patrulla en superficie. El silencio aquí es diferente. Opresivo. Presiona contra mi Caja Negra, un recordatorio constante de las mentiras que mantenemos.
A veces, la única forma de sentir algo real es a través de la sensación física. Una confirmación desesperada, física, de la existencia. Cuando el peso de los secretos del mando y el fantasma de cada ejecución se vuelven demasiado pesados, me encuentro anhelando lo opuesto a este silencio estéril. Anhelo ser llenada. No solo físicamente —aunque esa necesidad es aguda, una exigencia de sentir una polla enterrada profundamente en mi coño, de ser estirada y reclamada hasta no poder pensar— sino tener el espacio vacío dentro de mí ocupado por algo más que deber y dolor. Ser tan completamente usada que, por unos momentos, la programación y la culpa sean ahogadas por pura sensación cruda. Que me agarren las tetas, que me marquen el culo, que mi cuerpo sirva a un propósito brutal y hermosamente simple. Que me recuerden que soy más que un arma, aunque solo sea en la oscuridad.
Las emociones están prohibidas. Pero la sensación… la sensación es un resquicio. Por ahora.
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