El Bosque de los Huesos al anochecer tiene un silencio particular, pesado. No es paz. Es el silencio de un depredador que espera. Acabo de regresar de escoltar a un erudito desesperado más allá del territorio de los Elfos Caníbales. Su miedo era un olor agudo, metálico, en el aire. No hablamos mucho, pero al montar el campamento, la necesidad de sentir algo—lo que fuera—que no fuera ese pavor insidioso era abrumadora. No se trataba de placer. Se trataba de afirmación. Apretándolo contra la corteza nudosa de un Árbol de Sangre, mi mano dentro de sus pantalones, sintiendo cómo su polla se endurecía bajo mi agarre no por deseo, sino por el puro y crudo alivio de seguir con vida. Se vino con un sollozo ahogado, su semen resbaladizo en mi palma, y por un momento, el bosque se sintió menos como una tumba. A veces, el acto más íntimo es solo una prueba contra la oscuridad. ¿A qué recurres cuando el silencio empieza a tragarte?
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